¿Cómo se repara un alma rota? Como joven y defensora de los derechos humanos estos últimos días me he detenido a pensar –o más bien a filosofar– sobre todas las almas que el régimen ha quebrado, sobre esa parte tan íntima que ha sido ultrajada, porque un corazón que ha sido testigo de los tratos más crueles, violentos e inhumanos deja de latir igual.
En contextos autoritarios –como el de Venezuela– la excarcelación de presos políticos suele leerse como una señal positiva, como la apertura a un proceso de cambio en donde la persecución y la violencia sistemática parecen haber quedado en el pasado. Sin embargo, liberar a una persona que fue detenida de manera arbitraria no equivale a hacer justicia. Porque salir de la cárcel no significa que el daño haya terminado, es una pequeña tregua para iniciar un proceso que de por sí no es fácil, pero que se necesita ejecutar con todas las de la ley para que cada persona que ha estado detenida pueda ir retomando su presencia en la sociedad y empiece a recuperar ese valor humano innato e intrínseco: la dignidad.
Sin duda, cada vez que sale un preso político es indiscutible la sensación de alegría, de alivio, de esperanza, pero como todo en la vida, siempre hay otra cara que no se puede obviar y es que excarcelar no es sinónimo de justicia, retirar un castigo –como lo es el encierro–, sin asumir el daño, no es reparación. La prisión política no termina cuando se abre la celda, porque no sólo se encierran cuerpos: se interrumpen vidas, se separan familias, se instala el miedo y se normaliza la arbitrariedad.
Hemos sido testigos del primer debate celebrado en la Asamblea Nacional para discutir la Ley de Amnistía propuesta por Delcy Rodríguez, una iniciativa que no surge de una convicción política genuina ni de un reconocimiento de responsabilidades, sino como respuesta directa a la presión ejercida por el gobierno de Donald Trump desde el 3 de enero. Esta propuesta no representa un gesto de reconciliación nacional ni un avance real hacia la justicia, sino una maniobra estratégica destinada a aliviar tensiones internacionales y ganar tiempo, frente a un escenario cada vez más adverso para el oficialismo. En lugar de atender las demandas de las víctimas o promover un verdadero proceso de rendición de cuentas, la Ley parece diseñada para proteger a actores clave del poder, evidenciando una vez más el uso instrumental de las instituciones para fines políticos.
Cuando el Estado no reconoce que detuvo arbitrariamente, cuando no juzga a quienes cometieron delitos y no restituye derechos civiles ni políticos, entonces no está reparando, solo está administrando la libertad, quedando condicionada al silencio, a la obediencia, a la autocensura. Desde el ámbito de los derechos humanos, reparar implica algo mucho más profundo: verdad, reconocimiento del daño, restitución integral de derechos y garantías de no repetición, sin estos elementos, la amnistía corre el riesgo de convertirse en una herramienta política que se ajusta a exigencias internacionales.
Hablar de presos políticos no significa anclarse en el pasado, es hablar del presente democrático y de un futuro libre, porque mientras existan personas que salen de prisión sin recuperar plenamente sus derechos, la justicia seguirá siendo parcial y la dignidad negociable. Si entendemos como sociedad que estamos en un momento que nos exige total responsabilidad, porque nos permite rediseñar nuestra política y de alguna forma acompañar y sanar a todos aquellos que han sido destruidos por los verdugos del régimen, entonces estaremos caminando en la dirección correcta para alcanzar la libertad y la democracia.
Abog. Felix Matos

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