sábado, 14 de febrero de 2026

Amnistía y Estado de derecho: cuando la ley no es suficiente !!!

 


La amnistía general propuesta busca la convivencia y la paz entre los venezolanos y las venezolanas", afirma la Exposición de Motivos de la Ley de Amnistía que hoy se discute en la Asamblea Nacional. Para que esa declaración no se reduzca a un recurso retórico destinado a capear el temporal político, debe estar acompañada de decisiones inmediatas, integrales y coherentes.

Resulta imprescindible desmontar el andamiaje legal que durante años ha servido para perseguir a la disidencia política. Normas como la Ley contra el Odio, la Ley Orgánica Simón Bolívar, la Ley de Fiscalización de las ONG y la Ley Antibloqueo —entre otras— han operado, en la práctica, como herramientas de judicialización del adversario. Mientras ese entramado permanezca intacto, cualquier amnistía será necesariamente insuficiente.

A ello se suma la urgencia de reformar la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y eliminar la facultad administrativa de inhabilitar políticamente a ciudadanos, impidiéndoles participar en igualdad de condiciones y en libertad en procesos electorales. La reconciliación que se proclama debe traducirse en hechos verificables: una sociedad sin presos políticos y sin inhabilitados constituye su punto de partida.

Del mismo modo, no puede seguir utilizándose el Código Penal para calificar como “terrorismo” la disidencia política. La imputación de delitos como asociación para delinquir, instigación al odio o terrorismo a manifestantes y dirigentes civiles evidencia un uso expansivo y desnaturalizado del derecho penal; y esto exige una revisión perentoria.

Para comprender la raíz de esta práctica conviene mirar más allá de las normas y atender a la lógica política que la inspira. La doctrina ha denominado este fenómeno como “derecho penal del enemigo”, concepto desarrollado por Günther Jakobs, según el cual el Estado deja de tratar a ciertas personas como ciudadanos titulares de derechos y pasa a considerarlas enemigos a neutralizar. En ese esquema, el adversario no es juzgado por lo que hace, sino por lo que representa o piensa.

Esa visión tiene antecedentes teóricos precisos. Carl Schmitt formuló la política como una relación binaria entre “amigo” y “enemigo”. Cuando esta lógica se traslada al campo jurídico, el derecho deja de ser un sistema de garantías para convertirse en un instrumento de exclusión y persecución. La historia ofrece un ejemplo extremo: lo ocurrido en la Alemania nazi, cuando las categorías jurídicas del sistema romano-germánico fueron desplazadas por un orden en el que la voluntad del Führer y el programa del partido sustituyeron a la Constitución de Weimar, mientras el juez independiente era reemplazado por operadores alineados con la ideología oficial. En los autoritarismos modernos, esa voluntad la encarna el autócrata de turno y sus seguidores que se apoyan en el discurso épico para descalificar y amedrentar.

La enseñanza histórica es inequívoca: cuando el poder político define a sus adversarios como enemigos, el derecho pierde su función protectora y se convierte en un mecanismo de represión. Y lo asombroso es que el enemigo se define por la capacidad de pensar distinto. Por ello, la derogación de este tipo de normas debe avanzar de forma simultánea con una reforma judicial profunda, capaz de garantizar que el discurso político encuentre respaldo en acciones concretas. Sin ajustes efectivos en el marco jurídico vigente, la amnistía no podrá materializar la convivencia y la paz que proclama.

Este debate sobre la Ley de Amnistía, además, vuelve a poner en evidencia el denominado “mito de la ley”: la idea de que los problemas políticos y sociales se resuelven simplemente dictando normas, como si la sola existencia de la ley garantizara su justicia. En realidad, lo decisivo no es quién la redacta, sino quién la interpreta y aplica, porque es el juez quien otorga sentido real a la letra de la ley. La aplicación del derecho no es un acto mecánico, sino una tarea de razonamiento y criterio.

La amnistía requiere —hay que insistir en ello— de jueces y fiscales intelectualmente idóneos, autónomos e independientes. Más que la lista de beneficiarios importa que el órgano jurisdiccional, mediante una interpretación amplia del derecho a la defensa, proteja a todos los perseguidos políticos, estén o no incluidos en una lista.

De allí que resulte inevitable ampliar el debate hacia la situación de las instituciones del sistema de justicia en Venezuela. Sin jueces y fiscales autónomos no será posible garantizar los derechos de los ciudadanos.

Aprobar una ley es apenas un paso; asegurar su aplicación imparcial es el verdadero desafío. En última instancia, no se trata solo de leyes, sino de restaurar la confianza de los ciudadanos en que el derecho volverá a protegerlos por igual. La amnistía supone un olvido legal de los hechos que constituyen delito; pero esa decisión jurídica no puede ni debe traducirse en amnesia colectiva. En definitiva, reconciliar al país exige que el derecho pueda servir a la convivencia y no a la exclusión.

Abog. Felix Matos

La diáspora venezolana percibida como daño colateral

 A medida que transcurre el año 2026, se multiplican los llamados —de propios y extraños— al éxodo, exigiéndole el retorno inmediato al país bajo la consideración de que la situación ha cambiado en Venezuela y que se requiere el aporte urgente de sus ciudadanos dispersos por el mundo, quienes, al sonido del clarín de la patria, deberían presentarse presurosos en su territorio.



Sin mediar palabras ni mayores consideraciones, se insta a más de 9 millones de personas —quienes partieron perdiendo, en la mayoría de los casos, sus bienes y modos de vida— a regresar, luego de haber tenido que empezar de cero en otros países, donde fueron tratados con benevolencia en algunos casos y con discriminación y xenofobia en otros. Muchos de ellos aún permanecen en la incertidumbre, al desconocer cuál será el próximo paso que les garantice seguridad, parcial o plena, para sí y sus familias.

Veamos la dimensión aproximada de la diáspora venezolana:

  1. Colombia: 2.856.123
  2. Perú: 1.662.889
  3. Estados Unidos: 1.168.271
  4. Chile: 728.586
  5. Brasil: 626.885
  6. España: 518.918
  7. Ecuador: 489.528
  8. Argentina: 223.455
  9. República Dominicana: 124.123
  10. México: 110.252
  11. Portugal: 102.354
  12. Panamá: 94.435
  13. Italia: 64.521
  14. Uruguay: 41.256
  15. Francia: 31.325

Estas cifras corresponden solo a 15 países. Según el Observatorio de la Diáspora Venezolana (ODV), dirigido por el sociólogo Tomás Páez, se identifican migrantes venezolanos en al menos 90 países. La diáspora, que supera los 9,1 millones de personas (según proyecciones a mayo de 2025), se extiende globalmente, con presencia significativa en más de 1.500 municipios y 500 ciudades.

Estas cifras indican que el éxodo venezolano es, cuantitativamente, uno de los mayores a nivel global, superando incluso al de países que han sufrido guerras civiles, como Siria, Afganistán y Myanmar, así como al derivado de la cruenta guerra emprendida por el dictador ruso Vladimir Putin contra Ucrania.

Por consiguiente, el tema no puede ser tratado con ligereza, sino con la gravedad que amerita. Es imprescindible considerar cuáles son las condiciones actuales del país. Como lo señala Ricardo Hausmann: “Sin garantías democráticas no habrá inversión ni transición en Venezuela”. Advierte que la reapertura petrolera carece de credibilidad sin garantías políticas, elecciones verificables y control efectivo del aparato coercitivo. Asimismo, cuestiona la estrategia de Washington y describe un país aún regido por la arbitrariedad.

En pocas palabras, la situación de la diáspora venezolana no es color de rosa. Si bien es cierto que ha sido beneficiada por políticas estables de inmigración en algunos países de América Latina —como Colombia, Argentina, Brasil, Uruguay y Ecuador—, en otros la hostilidad y la xenofobia han ido en aumento, como en los casos de Chile y Perú.

En la Unión Europea destaca el gobierno de España, que promulgó el 20 de enero de 2026 un decreto que ofrece a cientos de miles de migrantes indocumentados una vía para salir del limbo legal. La medida posiciona al país en contraste con muchos otros que, en el mundo, han endurecido progresivamente su postura frente a la migración irregular.

Entretanto, en Estados Unidos se agrava la situación de 650.000 venezolanos tras la suspensión definitiva del TPS, el permiso transitorio que les garantizaba autorización de trabajo y permanencia temporal en ese país. Se han difundido imágenes preocupantes de detenciones, arrestos y traslados a centros cuestionados por violaciones de los derechos humanos.

En ese contexto, resalta la indefensión que sufren nuestros compatriotas, al punto de que pocas voces opositoras venezolanas destacan por denunciar que la situación estructural del país no ha cambiado. En cambio, concentran su atención en los efectos de la intervención de la actual administración estadounidense, relegando a un segundo plano la suerte de miles de venezolanos en el exterior.Incluso en redes sociales circula reiteradamente el mensaje: “Si ese es el precio que tenían que pagar los venezolanos por la extracción de Maduro, hay que mirar para otro lado ante la eliminación del TPS para 650.000 venezolanos en Estados Unidos y agradecerle al gobierno de Trump la acción”. Vaya ironía.

Para colmo, se perfila en Chile una política antimigratoria similar con el nuevo presidente José Antonio Kast, quien asumirá el poder el 11 de marzo de 2026 y ya ha declarado: “No habrá regularización; habrá expulsión”. Una promesa que ejecutará -dijo- desde su primer día de gestión. Esto ha generado alarma en Perú y otros países de la región andina ante la posible oleada migratoria, entre la cual se estima la presencia de aproximadamente 200.000 venezolanos.

Finalmente, la indiferencia no debe ser la respuesta ante una situación que afecta a casi 30% de la población venezolana en el exilio, que ha costado la vida a miles de compatriotas y ha significado una profunda pérdida de talento humano. Por el contrario, debería crearse un ministerio exclusivamente destinado a atender esta catástrofe, tarea que correspondería asumir a un nuevo gobierno y no al régimen que propició la estampida migratoria más grande que haya conocido país alguno en el continente americano.

Así que  vemos que el panorama de la diáspora Venezolana no esta ni estará cerca de ser algo fácil de digerir por los países donde se encuentran.

Abog. Felix Matos

La diferencia entre liberar cuerpos y restituir derechos




¿Cómo se repara un alma rota? Como joven y defensora de los derechos humanos estos últimos días me he detenido a pensar –o más bien a filosofar– sobre todas las almas que el régimen ha quebrado, sobre esa parte tan íntima que ha sido ultrajada, porque un corazón que ha sido testigo de los tratos más crueles, violentos e inhumanos deja de latir igual. 

En contextos autoritarios –como el de Venezuela– la excarcelación de presos políticos suele leerse como una señal positiva, como la apertura a un proceso de cambio en donde la persecución y la violencia sistemática parecen haber quedado en el pasado. Sin embargo, liberar a una persona que fue detenida de manera arbitraria no equivale a hacer justicia. Porque salir de la cárcel no significa que el daño haya terminado, es una pequeña tregua para iniciar un proceso que de por sí no es fácil, pero que se necesita ejecutar con todas las de la ley para que cada persona que ha estado detenida pueda ir retomando su presencia en la sociedad y empiece a recuperar ese valor humano innato e intrínseco: la dignidad.  


Sin duda, cada vez que sale un preso político es indiscutible la sensación de alegría, de alivio, de esperanza, pero como todo en la vida, siempre hay otra cara que no se puede obviar y es que excarcelar no es sinónimo de justicia, retirar un castigo –como lo es el encierro–, sin asumir el daño, no es reparación. La prisión política no termina cuando se abre la celda, porque no sólo se encierran cuerpos: se interrumpen vidas, se separan familias, se instala el miedo y se normaliza la arbitrariedad. 

Hemos sido testigos del primer debate celebrado en la Asamblea Nacional para discutir la Ley de Amnistía propuesta por Delcy Rodríguez, una iniciativa que no surge de una convicción política genuina ni de un reconocimiento de responsabilidades, sino como respuesta directa a la presión ejercida por el gobierno de Donald Trump desde el 3 de enero. Esta propuesta no representa un gesto de reconciliación nacional ni un avance real hacia la justicia, sino una maniobra estratégica destinada a aliviar tensiones internacionales y ganar tiempo, frente a un escenario cada vez más adverso para el oficialismo. En lugar de atender las demandas de las víctimas o promover un verdadero proceso de rendición de cuentas, la Ley parece diseñada para proteger a actores clave del poder, evidenciando una vez más el uso instrumental de las instituciones para fines políticos.

Cuando el Estado no reconoce que detuvo arbitrariamente, cuando no juzga a quienes cometieron delitos y no restituye derechos civiles ni políticos, entonces no está reparando, solo está administrando la libertad, quedando condicionada al silencio, a la obediencia, a la autocensura. Desde el ámbito de los derechos humanos, reparar implica algo mucho más profundo: verdad, reconocimiento del daño, restitución integral de derechos y garantías de no repetición, sin estos elementos, la amnistía corre el riesgo de convertirse en una herramienta política que se ajusta a exigencias internacionales. 

Hablar de presos políticos no significa anclarse en el pasado, es hablar del presente democrático y de un futuro libre, porque mientras existan personas que salen de prisión sin recuperar plenamente sus derechos, la justicia seguirá siendo parcial y la dignidad negociable.  Si entendemos como sociedad que estamos en un momento que nos exige total responsabilidad, porque nos permite rediseñar nuestra política y de alguna forma acompañar y sanar a todos aquellos que han sido destruidos por los verdugos del régimen, entonces estaremos caminando en la dirección correcta para alcanzar la libertad y la democracia.


Abog. Felix Matos